“En el círculo no existen jerarquías y eso es igualdad, así se comporta una cultura cuando escucha y aprende de cada uno de sus integrantes. Compartiendo la sabiduría de la experiencia, las mujeres del círculo se apoyan mutuamente y se descubren a sí mismas a través de las palabras.” Jean Shinoda Bolen, El millonésimo círculo.

Viajar al noroeste de Argentina y sumergirme en las culturas indígenas coya y tilián fue emprender un viaje en una dimensión espacio-temporal, a la vez muy distinta y familiar, caracterizada por un fuerte vínculo con las raíces que simbolizan la entraña del ser y nos permiten hallar nuestro camino. Una reconexión con la naturaleza, con la tierra para nutrirnos mutuamente y agradecer por lo que nos proporciona para nuestro crecimiento terrenal y espiritual. Un viaje “dentro de uno mismo”, según el poeta Rilke, o una forma de reconciliar los conceptos de inmanencia y trascendencia porque el fin está a la vez en el ser humano mismo y fuera de él, siendo el ser humano una parte del Todo. Descubrirse, explorarse y adueñarse de uno mismo para abolir los límites que nos unen a este Todo y hacer del universo nuestra morada interior.

A lo largo del viaje y a través de los encuentros mágicos que tuve con la población local, sentí cada vez más la fuerza de lo sagrado femenino y esto me llevó a reflexionar sobre el papel desempeñado por la figura feminista a lo largo de la historia de Latinoamérica en la estructura familiar y en la comunidad. ¿Qué aportaciones hicieron las mujeres indígenas y cuáles son las que hacen hoy? A mi parecer, el rol de la mujer indígena siempre ha sido asociado con el cuestionamiento del poder hegemónico. Constituye el corazón y la piedra angular en la construcción y el desarrollo de las comunidades nacionales latinoamericanas.

El contacto que tuve con diferentes mujeres indígenas me hizo tomar conciencia de esta energía femenina sagrada que une cualquier tipo de dualidad sin juicios. Las mujeres indígenas desempeñaron un papel esencial en la lucha de los pueblos originarios, en la organización de la resistencia y en la preservación de las costumbres y del ayllu –el paradigma comunitario ancestral que pretende extender el concepto de familia y convertir lo privado en político–. Esta profundización de la espiritualidad, la conciencia de ser un sujeto político y de formar parte del cosmos, es uno de los principios esenciales de las comunidades indígenas vehiculado por las mujeres. Esta actitud que permite soltar lo innecesario y potenciar lo esencial se sostiene en una mística profundamente arraigada en la identidad (femenina e indígena) y en una relación de osmosis con la Madre Tierra.

Las mujeres no solo apelaron a la fuerza–sería insuficiente– sino que fueron capaces de desarrollar otros recursos como el fomento de la educación bilingüe gracias al cual pudieron mantener su cultura y sus lenguas. Es lo que me explicó Alejandra, una joven médica que trabaja entre Jujuy y Abra la Pampa. Con su aire juvenil, su mirada risueña y su sonrisa dulce, Alejandra siempre tuvo esta conciencia social y educativa que la llevó a abrir una pequeña biblioteca para los jóvenes de Abra la Pampa y donde trata, además, de centralizar el material existente sobre el pueblo Coya. Con una actitud humilde y tímida, va promoviendo el acceso a la lectura y plasmando la historia y la cultura de su pueblo por escrito. Una misión educativa y sanadora, politizada en el sentido en que Alejandra milita a favor de la autodeterminación de los pueblos originarios pero al contrario de otros compañeros suyos, aboga por la unión y demuestra cierto escepticismo en cuanto a las posturas independentistas de los hombres.

Al igual que Alejandra, estas “líderes inspiradoras” lucharon desde la sombra y obraron por la memoria colectiva, la conciencia colectiva, y mantuvieron sus ritos y cultura al margen de la colonización que tuvo como corolario la re-culturización a través de la integración de la iconografía religiosa católica. Las mujeres indígenas llegaron a acaparar silenciosamente un rol preponderante y encabezar cualquier tipo de organización (familiar o comunidad).Hoy en día, la obsesión por la explotación de la tierra y de los recursos va acompañada por un aumento considerable de la inversión extranjera en el continente latino-americano, debido a factores como la crisis financiera que incita a una inversión más segura (la tierra) y el aumento de la demanda mundial de alimentos por el crecimiento de la población. Este fenómeno acarrea no solo el agotamiento de los recursos, el deterioro del medioambiente sino también el aumento de la corrupción, el desmantelamiento de las comunidades indígenas y el debilitamiento de la democracia.

Las mujeres indígenas o mestizas que conocí poseen una visión global que les permite entender que el acceso a la tierra (además del acceso a una educación bilingüe) es el núcleo central de la distribución del poder político y se oponen a los actores que fomentan la concentración de las tierras como las empresas nacionales e internacionales, bancos y fondos financieros. Al mismo tiempo, son más conscientes que nunca de sus derechos y los reivindican. Su papel no es solo de carácter espiritual sino que cumple un rol fundamental en las organizaciones.

Lo sagrado femenino: viajar hacia el alma

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